SUEÑOS INSPIRADORES V
Natalia me guiñó el ojo cuando abrió la puerta del jardín de esa familia nativa, y después de aquello me quedé sin respiración ante lo que había delante de mí.
- ¿A que no lo esperabas?
- No, definitivamente no esperaba algo como esto. Es... - Miré lo que alcanzaba a ver mis ojos y no pude definirlo de otra manera; el campo, las gradas, las formas que constituían los espectadores de un ficticio partido - ... impresionante - Susurré.
- Sí, esta gente jugaban partidos de baloncesto entonces, y ¿a que no imaginas con qué?
- Con las cabezas del enemigo - Decirlo ya me ponía los bellos de punta, e imaginarlo era aún mas espeluznante.
- Ah... Veo que has hecho los deberes.
- Sí, aunque no puedo creer que realmente hayan representado un escenario como este aquí - Me giré para tener una mejor vista del estadio, y seguí a Natalia; que había empezado a bajar por el sendero.
Las gradas eran asientos individuales, y algunas estaban ocupadas por cuerpos que parecían llevar siglos allí postrados, algunos incluso estaban esqueléticos, con las costillas y las mandíbulas totalmente marcadas en un esculpido perfecto. Parecían estar vivos y capaces de levantarse en cualquier momento.
Dos hombres entraron en aquél mundo del pasado y se pusieron a perfilar las partículas de arena que el viento iba removiendo con su resoplido intermitente, parecían discutir sobre algo que no lograba entender. Y uno de ellos trabajaba con movimientos furiosos, demasiados bruscos para hacer bien su trabajo.
Natalia se me acercó y me apartó del borde del sendero, deteniendo nuestro andar. Me miró y pude comprender en su expresión que algo le estaba preocupando. La notaba inquieta.
Y entonces sucedió... un grito de uno de los hombres, y una ráfaga de viento atrajo en ese momento grandes nubarrones que quitaron la luz del sol que calentaba todo el escenario.
- Santo Dios... es mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes. Esto es sagrado y esos idiotas han perturbado un espíritu antiguo.
Sus ojos se desviaron del cielo hacia los míos, me cogió del brazo y tiró de mí hasta la salida mientras esos hombres intentaban arreglar el estropicio que habían hecho a uno de los cuerpos de arena.
Corrimos hasta el coche de Natalia y nos montamos rápidamente, intentando meter las llaves en el contacto ella mientras yo miraba hacia atrás, pensando que las nubes se estarían tragando la casa de los nativos en ese momento, pero no estaba ocurriendo nada.
- Espero que arranque a la primera, últimamente falla la batería. Reza para que no nos quedemos tiradas aquí.
El coche arrancó al segundo intento, oí el suspiro de alivio de Natalia y miré hacia adelante. Nos estábamos alejando, y todo estaba en una tranquilidad sospechosa, demasiado silencio para que se hubiese perturbado la paz de un lugar sagrado.
- ¿Por qué huyes?...
Aquella voz había sonado distinta, como si no perteneciera a mi amiga. Miré a mi lado y vi que su ceño seguía fruncido, y continuaba diciendo que habíamos tenido suerte de poder irnos de allí antes de que se desatara alguna maldición.
Pensé que lo había imaginado, que los restos del miedo que aún vagaba por mí a causa de mis nervios me había gastado una broma. Pero la forma en que su rostro se convirtió en una corteza dura y sin vida ante mis ojos, convirtiéndose en una careta que se despegaba ligeramente y dejaba ver parte de una mandíbula cubierta por una fina capa de musgo seco que se había adherido a ella; como la que cubría todo aquél paraje que representaba una época en la que los guerreros jugaban con parte de los cuerpos de los derrotados que habían intentado colonizarlos y fracasaron; me acababa de hacer saber que no era cosa de mi imaginación.
- ¿Por qué huyes?...
La mano de Natalia apartó tranquilamente la máscara y la dejó suspendida a un lado, apenas a unos centímetros de su oído.
- No lo sé...
Natalia desvió la mirada de la carretera y frunció el ceño, haciendo una mueca con la boca
- ¿Qué no sabes?
- Nada... - Musité, asustada mas por el conocimiento de que ella no se daba cuenta que esa máscara, que se había desprendido de su rostro, seguía suspendida junto a ella como si esperara el momento de volver a posarse en su cara.
La mano volvió a colocar la careta en su rostro e hizo otra vez la misma pregunta. Después se retiró sola, sin la ayuda de la inconsciente de Natalia, y se quedó sobre su cabeza.
- No estamos huyendo... - Me atreví a responder, sin ser capaz de apartar la vista de ella.
Esta vez Natalia estiró el cuello hasta alcanzar la mascara y encajar el rostro, con un movimiento mecánico. La arena iba desprendiéndose del interior de la careta y se adhería a su piel, anulando toda consciencia y dejándola sin voluntad.
Volvió a formular la misma pregunta, y esta vez contesté lo que realmente pensaba que era la verdad.
- Porque no hemos sido nosotras las que han perturbado a los espíritus guerreros.
El ente que poseía a Natalia giró la cabeza, y la máscara me miró fijamente, con los pómulos pronunciados y las mejillas hundidas; una calavera apenas cubierta por una corteza de piel seca.
Detuvo el vehículo y soltó el volante. La careta cayo sobre mis manos, convirtiéndose en un montoncito de arena que se fue esfumando poco a poco.
- ¿Estás bien?
- Creo que sí... - Me miré las manos mientras sentía la de Natalia apartándome el pelo del hombro.
- Tranquila, estamos a salvo de la maldición.
Asentí con un gesto y ella me sonrió. Seguidamente puso el coche en marcha y nos volvimos a incorporar a la carretera.
Nunca le dije a Natalia lo que había ocurrido, ella aún piensa que nos habíamos librado, pero yo sé que por muy lejos que hubiésemos llegado, nunca habríamos podido evitar estar al alcance del espíritu que custodiaba el descanso de esos guerreros.
