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Terra
La Coctelera

Sueños inspiradores V

 

SUEÑOS INSPIRADORES V

 

Natalia me guiñó el ojo cuando abrió la puerta del jardín de esa familia nativa, y después de aquello me quedé sin respiración ante lo que había delante de mí.

- ¿A que no lo esperabas?

- No, definitivamente no esperaba algo como esto. Es... - Miré lo que alcanzaba a ver mis ojos y no pude definirlo de otra manera; el campo, las gradas, las formas que constituían los espectadores de un ficticio partido - ... impresionante - Susurré.

- Sí, esta gente jugaban partidos de baloncesto entonces, y ¿a que no imaginas con qué?

- Con las cabezas del enemigo - Decirlo ya me ponía los bellos de punta, e imaginarlo era aún mas espeluznante.

- Ah... Veo que has hecho los deberes.

- Sí, aunque no puedo creer que realmente hayan representado un escenario como este aquí - Me giré para tener una mejor vista del estadio, y seguí a Natalia; que había empezado a bajar por el sendero.

Las gradas eran asientos individuales, y algunas estaban ocupadas por cuerpos que parecían llevar siglos allí postrados, algunos incluso estaban esqueléticos, con las costillas y las mandíbulas totalmente marcadas en un esculpido perfecto. Parecían estar vivos y capaces de levantarse en cualquier momento.

Dos hombres entraron en aquél mundo del pasado y se pusieron a perfilar las partículas de arena que el viento iba removiendo con su resoplido intermitente, parecían discutir sobre algo que no lograba entender. Y uno de ellos trabajaba con movimientos furiosos, demasiados bruscos para hacer bien su trabajo.

Natalia se me acercó y me apartó del borde del sendero, deteniendo nuestro andar. Me miró y pude comprender en su expresión que algo le estaba preocupando. La notaba inquieta.

Y entonces sucedió... un grito de uno de los hombres, y una ráfaga de viento atrajo en ese momento grandes nubarrones que quitaron la luz del sol que calentaba todo el escenario.

- Santo Dios... es mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes. Esto es sagrado y esos idiotas han perturbado un espíritu antiguo.

Sus ojos se desviaron del cielo hacia los míos, me cogió del brazo y tiró de mí hasta la salida mientras esos hombres intentaban arreglar el estropicio que habían hecho a uno de los cuerpos de arena.

Corrimos hasta el coche de Natalia y nos montamos rápidamente, intentando meter las llaves en el contacto ella mientras yo miraba hacia atrás, pensando que las nubes se estarían tragando la casa de los nativos en ese momento, pero no estaba ocurriendo nada.

- Espero que arranque a la primera, últimamente falla la batería. Reza para que no nos quedemos tiradas aquí.

El coche arrancó al segundo intento, oí el suspiro de alivio de Natalia y miré hacia adelante. Nos estábamos alejando, y todo estaba en una tranquilidad sospechosa, demasiado silencio para que se hubiese perturbado la paz de un lugar sagrado.

- ¿Por qué huyes?...

Aquella voz había sonado distinta, como si no perteneciera a mi amiga. Miré a mi lado y vi que su ceño seguía fruncido, y continuaba diciendo que habíamos tenido suerte de poder irnos de allí antes de que se desatara alguna maldición.

Pensé que lo había imaginado, que los restos del miedo que aún vagaba por mí a causa de mis nervios me había gastado una broma. Pero la forma en que su rostro se convirtió en una corteza dura y sin vida ante mis ojos, convirtiéndose en una careta que se despegaba ligeramente y dejaba ver parte de una mandíbula cubierta por una fina capa de musgo seco que se había adherido a ella; como la que cubría todo aquél paraje que representaba una época en la que los guerreros jugaban con parte de los cuerpos de los derrotados que habían intentado colonizarlos y fracasaron; me acababa de hacer saber que no era cosa de mi imaginación.

- ¿Por qué huyes?...

La mano de Natalia apartó tranquilamente la máscara y la dejó suspendida a un lado, apenas a unos centímetros de su oído.

- No lo sé...

Natalia desvió la mirada de la carretera y frunció el ceño, haciendo una mueca con la boca

- ¿Qué no sabes?

- Nada... - Musité, asustada mas por el conocimiento de que ella no se daba cuenta que esa máscara, que se había desprendido de su rostro, seguía suspendida junto a ella como si esperara el momento de volver a posarse en su cara.

La mano volvió a colocar la careta en su rostro e hizo otra vez la misma pregunta. Después se retiró sola, sin la ayuda de la inconsciente de Natalia, y se quedó sobre su cabeza.

- No estamos huyendo... - Me atreví a responder, sin ser capaz de apartar la vista de ella.

Esta vez Natalia estiró el cuello hasta alcanzar la mascara y encajar el rostro, con un movimiento mecánico. La arena iba desprendiéndose del interior de la careta y se adhería a su piel, anulando toda consciencia y dejándola sin voluntad.

Volvió a formular la misma pregunta, y esta vez contesté lo que realmente pensaba que era la verdad.

- Porque no hemos sido nosotras las que han perturbado a los espíritus guerreros.

El ente que poseía a Natalia giró la cabeza, y la máscara me miró fijamente, con los pómulos pronunciados y las mejillas hundidas; una calavera apenas cubierta por una corteza de piel seca.

Detuvo el vehículo y soltó el volante. La careta cayo sobre mis manos, convirtiéndose en un montoncito de arena que se fue esfumando poco a poco.

- ¿Estás bien?

- Creo que sí... - Me miré las manos mientras sentía la de Natalia apartándome el pelo del hombro.

- Tranquila, estamos a salvo de la maldición.

Asentí con un gesto y ella me sonrió. Seguidamente puso el coche en marcha y nos volvimos a incorporar a la carretera.

Nunca le dije a Natalia lo que había ocurrido, ella aún piensa que nos habíamos librado, pero yo sé que por muy lejos que hubiésemos llegado, nunca habríamos podido evitar estar al alcance del espíritu que custodiaba el descanso de esos guerreros.

Sueños inspiradores IV

Los del equipo se preguntaban dónde estaba ella; en qué punto de la zona podría encontrarse, y si se encontraba a salvo de la actividad anómala que registraba el robot que habían enviado a tomar datos.

Las señales de vida que recogía solo anunciaban que esa forma de vida era peligrosa y altamente contagiosa. Modificaba el ADN de cada elemento vivo al fusionarse con ellos, y alteraba todas las funciones vitales convirtiéndolos en un desbarajuste que dudaban tuviese alguna solución. Si esto llegaba a extenderse tendrían que sopesar la posibilidad de lanzar una bomba, y Daniela seguía sin aparecer.

Después de tragar kilómetros de polvo seco, había dado con el pueblo. Siguió las coordenadas del robot y lo encontró nada más llegar. Apenas había logrado recorrer unos metros y tomar datos, ese organismo se había pegado a él hasta cubrirlo casi al completo. Y ahora se desplazaba a través de la máquina por todo el pueblo.

No daba crédito a lo que estaba viendo. Por delante de ella había cruzado una mujer, con los rasgos deformados, y un torso mal conseguido, como un duplicado de ella, se extendía desde su espalda hacia fuera. Lo mismo sucedía en el lomo de la doble.

Las tres reían cuando la vieron y siguieron de largo.

Un hombre había extendido un trozo de su propia carne hacia una roca y la atrajo hacia sí, haciéndolo un complemento más de su amorfo cuerpo. También reía, con una risa mecánica que tiraba a las típicas que pertenecían a de esos payasos mecánicos que cobran vida en las películas de terror.

La razón le decía que debía huir de allí cuanto antes, pero su curiosidad por saber qué era lo que el robot había encontrado antes de apagarse le pudo tanto que tuvo que ir y ver con sus propios ojos. Además, en el camino alguien se había comunicado a través de la radio del coche pidiendo auxilio y debía encontrarlo antes de irse.

Miró detrás de ella y vio los cuerpos enjutos y carcomidos por la humedad y los años arrastrándose por el suelo. Otros mas recientes, aún conservaban las piernas para caminar.

Era una imagen horrible ver a esos muertos usados como medios para que esa cosa se desplazase. Se alejó de aquella calle y encontró el jeep que él le había descrito, intacto, con un hombre sentado en el lugar del conductor, que miraba a todas partes y parecía nervioso. Se acercó con cautela y frunció el ceño cuando el hombre la miró y sonrió aliviado.

- ¿Daniela?

Asintió y él le indicó la parte trasera del jeep para que subiera.

- Tenemos que recoger a alguien más, yo los distraeré y tú lo ayudarás.

No preguntó, subió atrás y dejó que arrancara y fueran por esa persona.

Salieron del pueblo y volvieron a tomar la carretera por la que ella había llegado. Su coche seguía allí parado, y esa masa que se había tragado el robot trepaba por el capó. Entonces supo que de haber permanecido mas tiempo en ese sitio no habría podido escapar. Cerró los ojos y dejó que la sensación de respirar un aire, que no estaba infectado de aquellas imágenes que quería borrar cuanto antes de su mente, le limpiara los pulmones y se llevara esa sensación fría y agria que le había quedado después de haber visto todo aquello.

Alejarse estaba teniendo un efecto relajante sobre ella, se estaba desentendiendo de lo que dejaban atrás, ni siquiera había preguntado a dónde iban, simplemente estaba dejando que la llevara.

Abrió los ojos y miró al conductor, su cuerpo estaba echado sobre el volante, como si estuviese inconsciente, aunque el jeep no se había desviado del carril en ningún momento.

Era consciente de que debía estar asustada, pero al contrario de lo que debía ser una reacción normal, no le estaba preocupando.

Del asiento de él se extendió hacia ella una masa metalizada y brillante que se deslizaba aproximándose como una serpiente. La extremidad se detuvo solo a una cuarta y se alzó hasta quedar a media altura, intentó tocarla.

Daniela agitó la mano como quien quiere retirar una mosca pesada y volvió a mirar el llano de tierra árida y agrietada que se extendía kilómetros y kilómetros a su alrededor.

No sabía donde estaba, y tampoco sabía si debía importarle.

Un movimiento delante suya captó su atención, la masa había tomado la forma de una mano diez veces más grande que la de ella y se extendía con la palma hacia arriba. Curiosa, acercó las suyas para tocar los dedos.

Entonces supo que había dejado de ser ella desde que llegó, la contaminación había empezado en cuanto bajó de su coche y caminó entre ellos.

Malena se apuntó con los dedos indices a sí misma a la altura del ombligo y los cordones del corsé, que se adhería a ella como una segunda piel, empezaron a atase solos, como si tuvieran vida propia y siguieran una orden.

Bajó de un salto de la cama y se miró al espejo para admirar el diseño que hoy tenía su imagen. Su rostro era atractivo, tirando a hermoso, había conservado el color dorado de su melena porque le parecía que la hacía más joven. Y con su limitada estatura de un metro diez, daba la sensación de ser una niña. Se hizo una trenza en el pelo y se la ató con otro cordón similar al del corsé. Había dejado de crecer a los seís años, aunque eso nunca le había importado.

- Deberías hablar con ella, esto se nos ha ido de las manos.

- Sí, sí... ya sé.

- Oye, esto es serio. ¡Tienes que hablar con ella, se ha descontrolado!

Eric se rascó la cabeza y miró a la versión blanquecina de sí mismo que salía de su estómago y se inclinaba sobre él. Al principio le daba nauseas ver ese amasijo de carne blanca con un matiz entre azulado y grisáceo que se retorcía hacia fuera y terminaba tomando la forma de un torso con brazos y una cabeza idéntica a la suya, pero ahora no le parecía tan malo. Había decidido aceptarlo como su hermano, y a Malena no parecía importarle demasiado, al menos ahora que podía tener la imagen que quisiera.

Etienne, lo miraba preocupado, decidido a convencerlo de que se levantara de la cama y la obligara a escucharlos.

- Malena, deberíamos hacer algo con lo que está pasando.

Malena alzó los ojos y suspiró cansada. Etienne estaba empezando a ser un estorbo, y si no fuera porque él era realmente el humano y el que daba vida a la mutación, ya lo habría extirpado de Eric hacía mucho tiempo.

- Te he dicho que no hay por qué preocuparse. Dile a tu hermano que confíe en mí. No es para tanto.

- ¿Lo ves? No hay de qué preocuparse, lo tiene controlado.

Malena oyó el suspiro de resignación de Etienne y sonrió sin apartar la vista del espejo, que hubiese quedado reducido a una aberración que depende de las piernas y las acciones de Eric había sido toda una ventaja para ella. Eric había sido el segundo intento, y no estaba tan mal logrado como el primero, que se había extendido sin control por todo el pueblo, el tercero había sido mucho mejor, pero demasiado independiente, había sido mejor abandonarlo a su suerte y volver a repetir el experimento a partir de Eric, de quien no iba a desprenderse, porque el cuarto había sido tan bueno que lo estaba empleando ella misma y Eric podía ser muy útil para crear otros más adelante.

Y los anteriores no tenía por qué preocuparse, el gobierno no tardaría mucho en hacer desaparecer ese sitio del mapa con todos los engendros.

Sueños inspiradores III

Era uno de esos días en los que miras al cielo y sonríes. El sol calienta y las nubes están tan blancas que parecen bolas esponjosas de algodón… Un día de los que te gusta ser invisible para todos y observar qué hacen.

Como observador pude ver una pareja que atrajo toda mi curiosidad. Él hacía lo típico, buscar la manera de sacarle una sonrisa a una muchacha bonita. Y ella lo que la mayoría hacen al principio, mostrar su careta de mujer indiferente hasta que él desiste y se va.

Pero en ocasiones una mujer se encuentra con un hombre que de verdad sabe dar con su debilidad y consigue hacerla reír.

Esta era una de esas.

Me esforcé en ver más de cerca. Había una zalamería por parte del muchacho que a ella le costaba ignorar, y al final consiguió captar su atención después de varios comentarios graciosos, algunas gestos de mano y dos o tres frases de admiración.

Pero después de conseguir una mayor concentración una imagen se cruzó por mi mente como un flash; una habitación muy pequeña y un niño dentro, negro, me dio la impresión de que estaba carbonizado.

Regresé de golpe a la pareja y entonces vi cómo habían avanzado los intentos de él, ella dejaba que le cogiera la mano, y con la otra retuviera un mechón entre los dedos y los acariciara con las yemas. Entre miradas sensuales y sonrisas pícaras, él le contaba una historia de cuando era niño; supuse que alguna travesura. Y mi curiosidad por indagar hizo que me concentrara en aquél pasado del que hablaba.

Intenté una concentración más profunda, me masajeé la frente con la idea de hacer un hueco a una sola persona, al niño del que hablaba. Presté más atención en sus palabras y me esforcé en buscar su imagen.

Me trasporté a aquella habitación pequeña y deteriorada, con cuatro paredes gruesas y desconchadas por la de años que llevaban construidas, lo curioso era que no poseía puerta ni ventanas. Vi al niño, cuyo cuerpo no estaba carbonizado sino ennegrecido por la cantidad de tiempo que llevaba ahí y pensé “pobre”, porque no le echaba más de quince años y habían debido ser muy crueles con él para querer darle una muerte como esa.

Alcancé a ver sus ropas; una blusa con el cuello bordado y unos pantalones bombachos con tirantes que le llegaban hasta la rodilla. De zapatos llevaba unas botas que dudo se fabriquen ya.

El pelo estaba intacto, rubio, y la falta de brillo se debía a la cantidad de polvo que se había asentado en él, pero estaba seguro que si pudiese quitarle toda esa suciedad brillaría como el de cualquier niño de su edad.

Me di cuenta de que no se había descompuesto, sino secado como cuando la piel se seca y se queda como el cuero, y en ese momento no caí en ello, como si fuese normal que un cuerpo de un niño de quince años se encontrase emparedado en una habitación, momificado y probablemente muerto por la falta de oxígeno y si no por la inanición. Y solo dios sabe cuántos años podía llevar allí; ¿veinte, treinta, cincuenta…?

Entonces pude enfocar como si me estuviese acercando, y así logré ver que sus párpados solo estaban entrecerrados, que él sabía que yo estaba allí, qué no se podía mover porque no tenía la energía suficiente para girar la cabeza y mirarme directamente y por eso lo hacía de reojo. Y lo comprendí; estaba allí encerrado, no por la crueldad de alguien, sino por la protección de todos. Y de pronto pude ver cómo su mejilla se torcía en una sonrisa casi imperceptible en esa piel seca y acartonada…

Ella había aceptado, ahora quedaría libre y yo no podría hacer nada por pararlo.

Sueños inspiradores

SOÑANDO UN POCO II

 

Llegamos a la reserva donde estaban ellos. Nos acogieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron dormir en uno de los bungalows.

Quien nos llevó allí, el mismo que nos pidió que viniéramos, nos presentó al que iba a ser nuestro anfitrión. Mi compañera me hizo una señal con los ojos, advirtiéndome que era él.

No parecía haber nada raro en él; un chico normal y corriente, más alto de lo habitual, y más robusto que el resto, pero eso tampoco era para sospechar. Eso sí, era una persona callada, muy reservada. Pasamos la cena los tres hablando, el guía y nosotras dos, pero él solo se limitaba a cortar el filete y masticarlo. Cuando terminó su plato salió fuera a tomar el aire y no lo volvimos a ver hasta que quien nos trajo se fue, nos dio las buenas noches y se metió en su habitación.

A la mañana siguiente lo oímos levantarse muy temprano, le seguimos hasta las naves industriales y lo vimos entrar en la fábrica, aún no era la hora, pero él ya estaba allí. Encogí los hombros mirando a mi compañera y ella me respondió haciendo un gesto con las manos. Ahí no había nada raro, ¿Por qué nos habían llamado?

Regresamos a la casa y volvimos a nuestro estado de descanso. Ahí no parecía haber nada por lo que preocuparse.

Al rato se oyeron unos pasos, y una vibración extraña nos avisó de la anomalía, la casa se llenó de un campo de energía cuyo poder nos abrumó. Hasta ahora me había creído valiente, pero ahora dudaba que lo fuera. El chico que traía ese campo consigo dio una voz desde el salón, saludando a modo de pregunta, por si había alguien... Mi compañera fue la primera en aparecer, le preguntó al muchacho si ocurría algo y él negó con una sonrisa; ignorante de lo que traía consigo. Estaba tan infectado que el pobre no podía notar nada. ¿Cómo podía existir algo que pudiera dominar a un ser tan indefenso de esa forma? Estaba invadido por la muerte y la enfermedad, la miseria y la desgracia eran las portadoras de su pobre e inocente alma y él ni siquiera sabía que lo habían condenado. Solo era un fantasma en un mundo que coexistiría eternamente en el mismo plano de los vivos. Y éramos las únicas a las que podía ver, pero él aún no lo sabía.

- ¿De dónde vienes?

- De... - la sonrisa se borró de su cara y nos miró confuso - No lo recuerdo, yo...

- ¿Te ha enviado alguien? - Le pregunté yo

- Estaba caminando y... - Suspiró y perdió la vista en un punto más allá de la visión - No sé por qué he venido, no sé qué hago aquí. - De pronto recordó - La fábrica! ¡Yo había ido a trabajar con los demás! ¡Estábamos atrapados! Gritábamos y él no nos dejó salir, pero... ¿Cómo he salido?

Una víctima, el residuo de una existencia que se desvanece, pensamos ambas. Mi compañera me miró y yo no supe qué decir, ¿De verdad íbamos a ir? Era una locura, si había conseguido encerrar tantas personas, si todos estaban muertos y había sido tan inminente, no iba a ser fácil derrotarlo, no hay mucho pueda acabar con nuestra permanencia en este mundo, difícilmente nos puede matar algo, pero eso... eso que se había asentado en el cuerpo de nuestro anfitrión; eso que se había afianzado en la fábrica con tantas almas de las que alimentarse para hacerse más fuerte; era letal, ella lo sabía y yo también, y aún así, me sonrió y avanzó por el pasillo, dirigiéndose a la salida. Yo me quedé observando cómo se marchaba hacia una muerte segura. No podríamos contra aquella cosa, ¿Por qué arriesgarnos? "Porque por eso hemos venido, por eso estamos aquí, por eso vivimos y dejamos que las leyendas crezcan a nuestro alrededor", la oí susurrar al aire.

La seguí demasiado tarde, cuando llegué a la fábrica, ya se había enfrentado ella sola a aquella criatura infernal; una palabra curiosa para definir aquello que no sabemos cuán malo es ni de dónde procede; una palabra muy humana cuando tememos que no seamos capaces de vencerlo.

Miré a mi alrededor y vi a las familias de los que habían quedado encerrados en la nave, oía los gritos de los que seguían vivos, alaridos de pánicos que se mezclaban con los lamentos de los que ya habían fallecido y que solo yo podía diferenciar, entre ellos podía oírla a ella, pidiéndome que la ayudara a liberarse de la abrasante garra del diablo. No podía abandonarlos, no podía darme la vuelta y marcharme como si nada. La conciencia de tanto sufrimiento pesaría en mi espalda como un lastre que arrastraría eternamente si los ignoraba. Y se lo debía a ella, había entregado su vida por ellos, por estos seres que habíamos visto crecer y evolucionar. Simplemente no podía dejar de cuidarlos.

Caminé hasta la entrada y el silencio se hizo de inmediato, ni un solo alma suspiraba. Nunca había tenido que enfrentarme a algo así y estaba asustada.

Las puertas se cerraron a la orden de un pensamiento y las luces alumbraron los litros de sangre que encharcaban el suelo. Había hecho una masacre con aquellos cuerpos, y la criatura se entretenía acuclillada junto a ella, lamiendo los caminos de sangre que había hecho sus garras en el cuello de mi compañera. Sus plumas estaban esparcidas por todas partes, y sus alas le habían sido arrancadas en la lucha para que pudiera estar a su alcance. Aquellos ojos grandes y tan celestes como un cielo abierto me miraban sin vida como si me suplicase que le quitara toda aquella putrefacción maléfica que tenía atrapada su alma.

La criatura me miró y sonrió, los labios cubiertos de heridas secas y las costras de la lepra fueron relamidos por una lengua enconada y gruesa que creció hasta alcanzar el suelo y lamer la sangre que había abandonado el cuerpo de mi compañera. Rió cuando en mi rostro se debió haber reflejado el espanto. El monstruo se alzó cuan grande y horrible era, y yo me obligué a permanecer en mi sitio, esperando el momento.

Dobló las piernas para tomar fuerza y saltar sobre mí, la vi impulsarse hacia arriba en un salto imposible y yo desplegué mis alas y me alcé hasta la altura que ella había alcanzada. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando vio yo no contenía plumas como el otro ángel, no, y frunció el ceño confuso. Aproveché su confusión para batir mis alas y que las lascas lo acribillaran, eso lo hizo caer.

Intentó levantarse y tropezó. Yo permanecí arriba, suspendida en el aire y esperando el siguiente ataque.

Él gritó de rabia y preguntó:

- ¿Por qué?

- Que no sea como ella no significa que no quiera el mismo fin, tú no puedes estar aquí, regresa a tu mundo.

El rugido que manó de su garganta hizo vibrar las tuberías, su cuerpo tomó volumen hasta hacerse tan grande que su cabeza rozó el techo, y agitó los brazos buscando alcanzarme con sus zarpazos.

Dejé que la luz creciera dentro de mí hasta cegarme y solo percibir las formas del calor que manaba de su gigantesco cuerpo, así era fácil esquivarlo, pero no podía estar evitando sus zarpas eternamente, debía hacer algo. Me distrajo oír el llanto de uno de los trabajadores que había permanecido escondido entre las máquinas, sentí las ondas de calor que desprendían sus brazos a tiempo de cubrirme del mismo material de mis alas. Me volví tan rígida que el impacto contra el muro no pudo hacerme daño, aunque la pared si quedó bastante perjudicada. Había quedado encastrada en ella por la fuerza con la que me había golpeado. Levanté la cabeza a tiempo de ver su puño dirigiéndose hacia mí, volé con tanta velocidad de allí que no se dio cuenta, era lo malo de hacerse tan grande, sus movimientos se veían muy lentos para mí, no podía acabar con una criatura que no podía morir, los demonios no mueren, solo se debilitan lo suficiente para que sean sellados, pero si mataba ese corazón humano que había poseído, él no tendría la fuerza vital suficiente para usar su poder, volé a ras de su pecho e hice un corte con una de las alas, tan profunda que la carne se abrió como la boca de un río. Pasé de regreso la otra ala por el mismo corte, haciéndolo el doble de profundo. La criatura retrocedió he hizo aspavientos con los brazos como si quisiera espantar a un insecto. Volví a pasar una tercera vez y alcance a exponer aquél órgano gigantesco que le estaba dando tanta fuerza. Enorme, con todas las venas azules bombeando ese líquido negro y sanguinolento que hacía que todo él apestara a podrido. Agité las alas disparando al corazón, y el hedor de la sangre demoníaca me abofeteó casi dejándome sin sentido. Era asqueroso, peor que el azufre, apenas podía concentrarme. El demonio se lanzó como loco y volvió a golpearme con una de las garras. El escudo que me cubría chirrió con un sonido tan desagradable que casi hizo que perdiera el equilibrio. No permití que aquello me desconcentrara más tiempo, no podía dar lugar a que la bestia reaccionara y me atacara otra vez, me lancé hacia la herida, abrió las alas y alcé las manos y atravesé el órgano de lleno. Por un segundo creí que quedaría allí atrapada. Pero una explosión me lanzó por el techo de la fábrica. El demonio regreso a su forma original, una criatura pequeña y esquelética que se movía como una serpiente, y entonces recité las palabras que la encerrarían para siempre en el submundo. No volvería a molestar a nadie más.

Antes de que los demás se percataran de mí, me alcé con las pocas fuerzas que me quedaban y volé bosque adentro, a la altura de un río me dejé caer en el agua.

Lo siguiente que recuerdo es una habitación pequeña, una chimenea y un hombre con una taza en la mano.

Lo miré unos segundos, buscando alguna anomalía en él, pero no pude percibir nada maligno, en cambio poseía una energía regeneradora que purificaba todo a su alrededor. Era tan especial como el ángel que se había sacrificado por los humanos. Él me miraba de manera paternal, una forma tan característica de ellos que ya no me afectaba tanto como antes. Tuve ganas de llorar porque parecía que todo había acabado, que ya podía dejar de tener miedo y relajarme.

Miré a mi alrededor, buscando al compañero; los ángeles no habitaban solos, iban en pareja, ¿dónde estaba la suya?

- Tranquila, estas a salvo, descansa.

- ¿Estás solo?

- No... ya no

Me apartó el pelo de la cara con una caricia tan suave que hizo que me precipitara a mi estado de descanso. Lo último que logré alcanzar a ver en él fue ese resplandor violeta en sus ojos que tan bien conocía. Entonces entré en el letargo sabiendo que no era la única de los míos, él era igual que yo.

Soñando un poco

No estaba sola en la cama, había alguien más; un hombre que alargaba el brazo por encima de mí hasta alcanzar el reloj que tengo en mi mesita de noche.

Eso me despertó y él se dio cuenta, me sonrió y miré qué hacía; detenía el tiempo, algo imposible con un simple reloj, en cambio lo estaba haciendo.

Le aparté la mano y puse otra vez el reloj en funcionamiento, y él volvió a intentarlo. Así que le dije "no" con palabras, ya que mis actos poco le hacían entender que el tiempo es algo que no se debe parar; las consecuencias que traiga son los pasos de nuestro aprendizaje por la vida, y no podemos evitarlos ni retrasarlos. Cada suceso acontece en el momento que debe ser, nunca hay que alterar su ritmo.

Quiso persuadirme con frases como "deja que el diablo juegue un rato, que eso nos beneficiaría" pero no estaba dispuesta a dejarme convencer. Era sospechoso y poco fiable, y supe que su apariencia era falsa, que su verdadero yo no se mostraba realmente como el ser que era.

Abrí mi ventana echándolo de mi habitación, y él salió expulsado por ella como si una fuerza lo succionara lejos de mi casa.

El dormitorio se volvió oscuro; cuatro paredes de  un cuarto vacío y cubierto de polvo. Donde en una de esas paredes, había una puerta que no tenía más de medio metro de altura. Por ella asomaba una anciana con cuerpo de niña, cubierta de arrugas y canas amarillentas.

Tres jóvenes estaban en el centro; un chico y dos chicas. En el suelo había un círculo pintado con tiza blanca, y los tres empezaron a caminar sobre el círculo.

Por cada vuelta que completaban sus apariencias iban tomando otra forma; la que estaba a la cola se transformó en poco tiempo en un Caronte de piel roja, con alas formadas por hueso y piel, y garras en las manos.

El que estaba en medio le siguió convirtiéndose en un guerrero de armadura de plata y oro, las plumas adornaban parte de la carcasa del pecho, y unos símbolos plateados marcaron el perfil izquierdo de su rostro, cogiéndole el ojo y parte del pómulo. En la mano derecha llevaba una espada curvada, con el mango de oro y marfil, y la hoja se hacía más ancha en la curva que se iba estrechando hasta que la hoja terminaba en dos lenguas.

El problema lo tenía la que encabezaba la fila, su cuerpo se resistía a cambiar. La piel se había tornado de un azul casi turquesa, las extremidades se debatían por tonalidades vivas que aparecían y se ocultaban, haciendo una combinación de colores extraña. Del lomo le salía tres prolongaciones de sus músculos que no terminaban de tomar la forma de una cresta cuando su espalda volvía a su ser.

El torso representaba la cabeza de un tótem, cuya boca cogía de cadera a cadera, y por la abertura se podía ver el rojo de la sangre y los órganos.

Los tres se habían comprometido, entregándose a una corte de obediencia y fidelidad pagando un precio; dejar de ser ellos mismos.

 

Y yo me pregunto... qué tenía mi cena para haber soñado algo así O.o?

Brujas

"Más de una vez lo he sentido, detrás de mí. Entonces me giro y no hay nadie, pero si miro por el contorno del ojo lo veo; una sombra que me sigue. Y cada vez está mas cerca. Sigo mirando al frente, por miedo a que descubra que sé que está ahí, y entonces lo siento por encima del hombro y gira la cabeza, cada vez mas cerca...

  • ¿Quién soy?"

 

  Dicen que hay dos tipos de sueños: Los que son el reflejo de cómo nos sentimos durante rachas de tiempo, y los premonitorios.

 

Se trataba de figuras negras sin consistencia que se desplazaban lentamente como si soportasen siglos de vidas sobre sus hombros, percatándose de su presencia y buscando que las mirara. Ella sabía que debía temerlas y si la gente la tocaba en el momento que las veía, también podían verlas, pero no era lo correcto. No había que mirarlas porque eran portadoras de desgracias. 

A ella la habían notado, y por mucho que cerró los ojos para no fijarse, era como si los párpados fueran telas tan finas que podía ver a través de ellos la forma de sus cabezas, agachándose y buscando su rostro desde abajo, obligándola a verlas.

Al principio no quiso darle importancia a esos sueños que vivía como si fueran reales, pero ahora habían empeorado, porque tenía la impresión de que los tendría incluso despierta.

En ocasiones le había parecido ver formas en las puertas, o cruzarse por su lado. No las notaba en la calle, pero era perceptible cuando estaba en la casa. Solo las veía si no miraba fijamente.

Lidia le había dicho en la cena de anoche, cuando vino a verla, que estaría cogiendo la gripe, o que necesitaba ir al oculista.

Pero no sentía los síntomas de la gripe, ni tampoco tenía problemas para ver. Por eso fue que decidió ignorar aquello, bajar a la farmacia y pedir algún medicamento que la ayudara a dormir toda la noche y no se acordase a la mañana siguiente de lo que soñara.

Esperaba que esta vez pudiese descansar de verdad, levantarse a la mañana siguiente tan despejada y renovada que la hiciese olvidar la tontería de cogerle miedo a dormir.

Tragó dos píldoras ayudándose de medio vaso de agua y se metió en la cama. Boca arriba, agarrando las sábanas como si esperara en cualquier momento que alguien tirara de ellas y la destapara. Y fijó la vista en la lámpara del techo.

Esperó a que la medicación hiciese efecto, parpadeó una vez, dos...

Oía el viento susurrando en la habitación, alrededor de ella, el aíre frío recorriéndola bajo las mantas. Abrió los ojos sintiendo la pesadez del sueño, pensando que las píldoras eran más fuertes de lo que el farmacéutico le había dicho, debía haber tomado solo una.

Ahí estaban otra vez esas formas, como sombras negras que se arrastraban a ella, las paredes crujían y susurraban llamándola, y ese sonido... esa voz... cada vez más clara... no era el viento quien gritaba, sino una mujer cuya alma intentaba salir de aquellas sombras pidiendo ayuda.

Cerró los ojos sin fuerzas para sentir siquiera el pánico que debía haberse apoderado de ella si los somníferos no le hubiesen empezado a hacer efecto, y notó que le tocaran las manos, (un tacto casi imperceptible, pero tan frío que dolía como agujas que atravesaran la piel).

Estaban muertas, sus manos estaban muertas y por eso dolían tanto. Esa era la sensación...

La forma se inclinó sobre ella, asomándose a su rostro. No quería mirar... no quería escuchar cómo la llamaban,  cómo su nombre era susurrado como una compulsión para que abriera los ojos. Pero no era necesario mirar, no hacía falta abrir los párpados porque ya los estaba viendo... Y ellos consiguieron alcanzarla.

Aquella mirada, aquél rostro que apenas era visible en una imagen tan deformada...

El pecho le oprimía tanto que cada vez era más difícil respirar. La mano avanzaba a él, marchitando todo lo que tocaba a su paso. Sentía el estómago contraído y petrificado, los pulmones secos y aplastados, y la garganta demasiado cerrada para conseguir respirar.

Intentó gritar, tomar un aire que no existía en aquella oscuridad que la tenía cubierta, pero por  mucho que luchaba era imposible.

Se preguntó si se estaba muriendo, si esto era la muerte que la había estado avisando de su llegada.

Nadie la ayudaría, nadie se enteraría de que se estaba asfixiando... Nadie la sacaría de esta pesadilla, tan real que iba a acabar con ella...

Brujas

Esperanza

"¿Crees que volveremos a ver a papá otra vez?"

"No lo se"

"¿Sabes?, yo creo que cuando menos lo esperemos, él vendrá"

Nerea miró el perfil infantil de su hermano, solo unos años menor que ella. Su carita pálida, llena de pecas, estaba iluminada por la luz de la luna.

Estaban sentados en la hierba, cerca de la casa. Eran más de las doce, y aunque corría un viento húmedo y cargado de rocío, no sentían frío ninguno.

"Mamá dice que en realidad viene a vernos siempre, y nos da un beso de buenas noches"

Nerea miró a su hermano, con el ceño fruncido.

"No deberías creer en esas cosas"

"Pero es verdad, ella dice que-"

"Ya basta"

La cara de su hermano se contrajo de pena. Lamentó herir sus sentimientos

"Escucha, no tendría nada en contra de que fuera verdad, yo también deseo volver a verlo, pero no fantaseo con una mentira"

El pequeño bajó la mirada, y una pequeña gota brilló con el reflejo de la luz mientras resbalaba por su mejilla.

"Es que hecho de menos a papá"

"Según mamá un día volveremos a estar los cuatro juntos, ¿no?, ¿no te dijo eso?" Intentó animarlo siguiéndole la corriente.

Él asintió con su sonrisa de niño, en sus ojos se veía la esperanza de que así fuera.

 

Braulio rezaba de rodillas, como todas las noches. Con la mano de su esposa en el hombro.

"Vamos, ven a la cama"

Puso la mano sobre la de ella y suspiró. Antes de levantarse dio los besos de costumbre a las dos figuritas de madera talladas que representaban a sus dos hijos.

"Es culpa mía que no estén aquí"

"No digas eso, no es culpa de nadie, Dios quiso llevárselos"

"Sí, pero no debí llevarlos conmigo a esa casa. De haber sabido que ese niño con quien jugaban estaba enfermo, no habría dejado que se acercasen a él"

Raquel sintió el abrazo de su marido y las lágrimas silenciosas mojando su hombro derecho. Si pudiera decirle tan solo lo que ella sabía.

Un mensajero le había traído la noticia de que ellos regresarían en un único nacimiento en los próximos años. Solo debían ponerles sus nombres para reconocerlos en los nuevos rostros.

Volverían a estar los cuatro juntos. Aunque ella debía guardar el secreto, igual que guardaba para sí las veces que podía ver al más pequeño de sus bebés vagar por la casa.

Sueños...

 (1)

Anoche tuve un sueño extraño y para mí siniestro: soñé que estaba en una casa u hotel, no se realmente qué era, pero no era mi casa, eso desde luego. Y no era como si yo estuviese allí en cuerpo y alma exactamente.

En una de las habitaciones estaba mi abuela, sentada a los pies de la cama, -aclaro que mi abuela esta viva actualmente, y espero que por unos cuantos años mas-, a su espalda, de la pared, empezó a brotar sangre que yo iba quitando como quien juega en el ordenador y tiene que ir haciendo clic sobre las manchas. No era demasiada sangre, solo manchas del tamaño de la palma de mi mano, pero iban saliendo en sitios diferentes. Cuando acabo con ellas aparece un ente con forma etérea y blanca que ronda a mi abuela.

Posteriormente, en el sueño, ella había muerto y entonces sí que estoy allí físicamente, con otras personas que se hospedan en ese lugar, y estamos decidiendo quién va a ocupar ahora la habitación... Ninguno queremos.