LAS COLINAS
Otra vez las colinas, otra vez esos picos de fondo que están cubiertos de nieve en la cima, y con la niebla descendiendo por ellos y rodeándolos.
La lluvia se veía a lo lejos como una cortina densa y gris, y las nubes avanzaban hacia donde yo estaba. Amenazando que el mal tiempo que caía sobre el pueblo que se veía a lo lejos, inalcanzable, se desplazase hasta donde estoy.
Hay algo en esa lluvia que no logro ver realmente, una advertencia, un aviso que quiere prevenirme, y aún no logro saber qué es.
Otra vez esa mano pequeña tira de mi falda, y otra vez dirijo la mirada hacia el niño de nueve años que me mira desde abajo, demasiado pequeño, demasiado frágil, con su tez morena y sus ojos saltones, cuyas ojeras me hablan de las carencias que no debería vivir ningún chiquillo.
Él quiere que le coja la mano, y yo -como siempre que lo veo- no se la doy. Sé que quiere llevarme al pueblo pero algo en mi interior me dice que aún es pronto.
Y aunque hay una capa de tormentas a su alrededor, sé que una luz radiante e infinita se oculta dentro, pero yo todavía quiero seguir en esta colina, donde siempre que duermo y sueño, me despierto.
Y mis preguntas son: ¿qué quiere de mí ese niño, que siempre me protege desde donde nadie puede verlo? ¿Por qué se empeña en que le acompañe cuando realmente no quiere dejar atrás nuestros encuentros? Debería regresar a donde pertenece, ¿es su lugar el pueblo que veo? ¿Por qué sigo permaneciendo en la colina cuando aquél sitio promete paz y seguridad? ¿Y por qué el temor que tengo de la tormenta que se mantiene como un escudo contra los mismos que quieren entrar? ¿Acaso es que me preocupa su rechazo?
Por si acaso seguiré en mi colina cada vez que sueñe, sonreiré a ese pequeño que siempre viene a verme, y miraré de lejos cómo una luz cálida y acogedora queda atrapada por la protección que me da esa capa espesa y resistente que me aísla de su engañosa apariencia...
