No estaba sola en la cama, había alguien más; un hombre que alargaba el brazo por encima de mí hasta alcanzar el reloj que tengo en mi mesita de noche.

Eso me despertó y él se dio cuenta, me sonrió y miré qué hacía; detenía el tiempo, algo imposible con un simple reloj, en cambio lo estaba haciendo.

Le aparté la mano y puse otra vez el reloj en funcionamiento, y él volvió a intentarlo. Así que le dije "no" con palabras, ya que mis actos poco le hacían entender que el tiempo es algo que no se debe parar; las consecuencias que traiga son los pasos de nuestro aprendizaje por la vida, y no podemos evitarlos ni retrasarlos. Cada suceso acontece en el momento que debe ser, nunca hay que alterar su ritmo.

Quiso persuadirme con frases como "deja que el diablo juegue un rato, que eso nos beneficiaría" pero no estaba dispuesta a dejarme convencer. Era sospechoso y poco fiable, y supe que su apariencia era falsa, que su verdadero yo no se mostraba realmente como el ser que era.

Abrí mi ventana echándolo de mi habitación, y él salió expulsado por ella como si una fuerza lo succionara lejos de mi casa.

El dormitorio se volvió oscuro; cuatro paredes de  un cuarto vacío y cubierto de polvo. Donde en una de esas paredes, había una puerta que no tenía más de medio metro de altura. Por ella asomaba una anciana con cuerpo de niña, cubierta de arrugas y canas amarillentas.

Tres jóvenes estaban en el centro; un chico y dos chicas. En el suelo había un círculo pintado con tiza blanca, y los tres empezaron a caminar sobre el círculo.

Por cada vuelta que completaban sus apariencias iban tomando otra forma; la que estaba a la cola se transformó en poco tiempo en un Caronte de piel roja, con alas formadas por hueso y piel, y garras en las manos.

El que estaba en medio le siguió convirtiéndose en un guerrero de armadura de plata y oro, las plumas adornaban parte de la carcasa del pecho, y unos símbolos plateados marcaron el perfil izquierdo de su rostro, cogiéndole el ojo y parte del pómulo. En la mano derecha llevaba una espada curvada, con el mango de oro y marfil, y la hoja se hacía más ancha en la curva que se iba estrechando hasta que la hoja terminaba en dos lenguas.

El problema lo tenía la que encabezaba la fila, su cuerpo se resistía a cambiar. La piel se había tornado de un azul casi turquesa, las extremidades se debatían por tonalidades vivas que aparecían y se ocultaban, haciendo una combinación de colores extraña. Del lomo le salía tres prolongaciones de sus músculos que no terminaban de tomar la forma de una cresta cuando su espalda volvía a su ser.

El torso representaba la cabeza de un tótem, cuya boca cogía de cadera a cadera, y por la abertura se podía ver el rojo de la sangre y los órganos.

Los tres se habían comprometido, entregándose a una corte de obediencia y fidelidad pagando un precio; dejar de ser ellos mismos.

 

Y yo me pregunto... qué tenía mi cena para haber soñado algo así O.o?