SOÑANDO UN POCO II

 

Llegamos a la reserva donde estaban ellos. Nos acogieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron dormir en uno de los bungalows.

Quien nos llevó allí, el mismo que nos pidió que viniéramos, nos presentó al que iba a ser nuestro anfitrión. Mi compañera me hizo una señal con los ojos, advirtiéndome que era él.

No parecía haber nada raro en él; un chico normal y corriente, más alto de lo habitual, y más robusto que el resto, pero eso tampoco era para sospechar. Eso sí, era una persona callada, muy reservada. Pasamos la cena los tres hablando, el guía y nosotras dos, pero él solo se limitaba a cortar el filete y masticarlo. Cuando terminó su plato salió fuera a tomar el aire y no lo volvimos a ver hasta que quien nos trajo se fue, nos dio las buenas noches y se metió en su habitación.

A la mañana siguiente lo oímos levantarse muy temprano, le seguimos hasta las naves industriales y lo vimos entrar en la fábrica, aún no era la hora, pero él ya estaba allí. Encogí los hombros mirando a mi compañera y ella me respondió haciendo un gesto con las manos. Ahí no había nada raro, ¿Por qué nos habían llamado?

Regresamos a la casa y volvimos a nuestro estado de descanso. Ahí no parecía haber nada por lo que preocuparse.

Al rato se oyeron unos pasos, y una vibración extraña nos avisó de la anomalía, la casa se llenó de un campo de energía cuyo poder nos abrumó. Hasta ahora me había creído valiente, pero ahora dudaba que lo fuera. El chico que traía ese campo consigo dio una voz desde el salón, saludando a modo de pregunta, por si había alguien... Mi compañera fue la primera en aparecer, le preguntó al muchacho si ocurría algo y él negó con una sonrisa; ignorante de lo que traía consigo. Estaba tan infectado que el pobre no podía notar nada. ¿Cómo podía existir algo que pudiera dominar a un ser tan indefenso de esa forma? Estaba invadido por la muerte y la enfermedad, la miseria y la desgracia eran las portadoras de su pobre e inocente alma y él ni siquiera sabía que lo habían condenado. Solo era un fantasma en un mundo que coexistiría eternamente en el mismo plano de los vivos. Y éramos las únicas a las que podía ver, pero él aún no lo sabía.

- ¿De dónde vienes?

- De... - la sonrisa se borró de su cara y nos miró confuso - No lo recuerdo, yo...

- ¿Te ha enviado alguien? - Le pregunté yo

- Estaba caminando y... - Suspiró y perdió la vista en un punto más allá de la visión - No sé por qué he venido, no sé qué hago aquí. - De pronto recordó - La fábrica! ¡Yo había ido a trabajar con los demás! ¡Estábamos atrapados! Gritábamos y él no nos dejó salir, pero... ¿Cómo he salido?

Una víctima, el residuo de una existencia que se desvanece, pensamos ambas. Mi compañera me miró y yo no supe qué decir, ¿De verdad íbamos a ir? Era una locura, si había conseguido encerrar tantas personas, si todos estaban muertos y había sido tan inminente, no iba a ser fácil derrotarlo, no hay mucho pueda acabar con nuestra permanencia en este mundo, difícilmente nos puede matar algo, pero eso... eso que se había asentado en el cuerpo de nuestro anfitrión; eso que se había afianzado en la fábrica con tantas almas de las que alimentarse para hacerse más fuerte; era letal, ella lo sabía y yo también, y aún así, me sonrió y avanzó por el pasillo, dirigiéndose a la salida. Yo me quedé observando cómo se marchaba hacia una muerte segura. No podríamos contra aquella cosa, ¿Por qué arriesgarnos? "Porque por eso hemos venido, por eso estamos aquí, por eso vivimos y dejamos que las leyendas crezcan a nuestro alrededor", la oí susurrar al aire.

La seguí demasiado tarde, cuando llegué a la fábrica, ya se había enfrentado ella sola a aquella criatura infernal; una palabra curiosa para definir aquello que no sabemos cuán malo es ni de dónde procede; una palabra muy humana cuando tememos que no seamos capaces de vencerlo.

Miré a mi alrededor y vi a las familias de los que habían quedado encerrados en la nave, oía los gritos de los que seguían vivos, alaridos de pánicos que se mezclaban con los lamentos de los que ya habían fallecido y que solo yo podía diferenciar, entre ellos podía oírla a ella, pidiéndome que la ayudara a liberarse de la abrasante garra del diablo. No podía abandonarlos, no podía darme la vuelta y marcharme como si nada. La conciencia de tanto sufrimiento pesaría en mi espalda como un lastre que arrastraría eternamente si los ignoraba. Y se lo debía a ella, había entregado su vida por ellos, por estos seres que habíamos visto crecer y evolucionar. Simplemente no podía dejar de cuidarlos.

Caminé hasta la entrada y el silencio se hizo de inmediato, ni un solo alma suspiraba. Nunca había tenido que enfrentarme a algo así y estaba asustada.

Las puertas se cerraron a la orden de un pensamiento y las luces alumbraron los litros de sangre que encharcaban el suelo. Había hecho una masacre con aquellos cuerpos, y la criatura se entretenía acuclillada junto a ella, lamiendo los caminos de sangre que había hecho sus garras en el cuello de mi compañera. Sus plumas estaban esparcidas por todas partes, y sus alas le habían sido arrancadas en la lucha para que pudiera estar a su alcance. Aquellos ojos grandes y tan celestes como un cielo abierto me miraban sin vida como si me suplicase que le quitara toda aquella putrefacción maléfica que tenía atrapada su alma.

La criatura me miró y sonrió, los labios cubiertos de heridas secas y las costras de la lepra fueron relamidos por una lengua enconada y gruesa que creció hasta alcanzar el suelo y lamer la sangre que había abandonado el cuerpo de mi compañera. Rió cuando en mi rostro se debió haber reflejado el espanto. El monstruo se alzó cuan grande y horrible era, y yo me obligué a permanecer en mi sitio, esperando el momento.

Dobló las piernas para tomar fuerza y saltar sobre mí, la vi impulsarse hacia arriba en un salto imposible y yo desplegué mis alas y me alcé hasta la altura que ella había alcanzada. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando vio yo no contenía plumas como el otro ángel, no, y frunció el ceño confuso. Aproveché su confusión para batir mis alas y que las lascas lo acribillaran, eso lo hizo caer.

Intentó levantarse y tropezó. Yo permanecí arriba, suspendida en el aire y esperando el siguiente ataque.

Él gritó de rabia y preguntó:

- ¿Por qué?

- Que no sea como ella no significa que no quiera el mismo fin, tú no puedes estar aquí, regresa a tu mundo.

El rugido que manó de su garganta hizo vibrar las tuberías, su cuerpo tomó volumen hasta hacerse tan grande que su cabeza rozó el techo, y agitó los brazos buscando alcanzarme con sus zarpazos.

Dejé que la luz creciera dentro de mí hasta cegarme y solo percibir las formas del calor que manaba de su gigantesco cuerpo, así era fácil esquivarlo, pero no podía estar evitando sus zarpas eternamente, debía hacer algo. Me distrajo oír el llanto de uno de los trabajadores que había permanecido escondido entre las máquinas, sentí las ondas de calor que desprendían sus brazos a tiempo de cubrirme del mismo material de mis alas. Me volví tan rígida que el impacto contra el muro no pudo hacerme daño, aunque la pared si quedó bastante perjudicada. Había quedado encastrada en ella por la fuerza con la que me había golpeado. Levanté la cabeza a tiempo de ver su puño dirigiéndose hacia mí, volé con tanta velocidad de allí que no se dio cuenta, era lo malo de hacerse tan grande, sus movimientos se veían muy lentos para mí, no podía acabar con una criatura que no podía morir, los demonios no mueren, solo se debilitan lo suficiente para que sean sellados, pero si mataba ese corazón humano que había poseído, él no tendría la fuerza vital suficiente para usar su poder, volé a ras de su pecho e hice un corte con una de las alas, tan profunda que la carne se abrió como la boca de un río. Pasé de regreso la otra ala por el mismo corte, haciéndolo el doble de profundo. La criatura retrocedió he hizo aspavientos con los brazos como si quisiera espantar a un insecto. Volví a pasar una tercera vez y alcance a exponer aquél órgano gigantesco que le estaba dando tanta fuerza. Enorme, con todas las venas azules bombeando ese líquido negro y sanguinolento que hacía que todo él apestara a podrido. Agité las alas disparando al corazón, y el hedor de la sangre demoníaca me abofeteó casi dejándome sin sentido. Era asqueroso, peor que el azufre, apenas podía concentrarme. El demonio se lanzó como loco y volvió a golpearme con una de las garras. El escudo que me cubría chirrió con un sonido tan desagradable que casi hizo que perdiera el equilibrio. No permití que aquello me desconcentrara más tiempo, no podía dar lugar a que la bestia reaccionara y me atacara otra vez, me lancé hacia la herida, abrió las alas y alcé las manos y atravesé el órgano de lleno. Por un segundo creí que quedaría allí atrapada. Pero una explosión me lanzó por el techo de la fábrica. El demonio regreso a su forma original, una criatura pequeña y esquelética que se movía como una serpiente, y entonces recité las palabras que la encerrarían para siempre en el submundo. No volvería a molestar a nadie más.

Antes de que los demás se percataran de mí, me alcé con las pocas fuerzas que me quedaban y volé bosque adentro, a la altura de un río me dejé caer en el agua.

Lo siguiente que recuerdo es una habitación pequeña, una chimenea y un hombre con una taza en la mano.

Lo miré unos segundos, buscando alguna anomalía en él, pero no pude percibir nada maligno, en cambio poseía una energía regeneradora que purificaba todo a su alrededor. Era tan especial como el ángel que se había sacrificado por los humanos. Él me miraba de manera paternal, una forma tan característica de ellos que ya no me afectaba tanto como antes. Tuve ganas de llorar porque parecía que todo había acabado, que ya podía dejar de tener miedo y relajarme.

Miré a mi alrededor, buscando al compañero; los ángeles no habitaban solos, iban en pareja, ¿dónde estaba la suya?

- Tranquila, estas a salvo, descansa.

- ¿Estás solo?

- No... ya no

Me apartó el pelo de la cara con una caricia tan suave que hizo que me precipitara a mi estado de descanso. Lo último que logré alcanzar a ver en él fue ese resplandor violeta en sus ojos que tan bien conocía. Entonces entré en el letargo sabiendo que no era la única de los míos, él era igual que yo.