Era uno de esos días en los que miras al cielo y sonríes. El sol calienta y las nubes están tan blancas que parecen bolas esponjosas de algodón… Un día de los que te gusta ser invisible para todos y observar qué hacen.
Como observador pude ver una pareja que atrajo toda mi curiosidad. Él hacía lo típico, buscar la manera de sacarle una sonrisa a una muchacha bonita. Y ella lo que la mayoría hacen al principio, mostrar su careta de mujer indiferente hasta que él desiste y se va.
Pero en ocasiones una mujer se encuentra con un hombre que de verdad sabe dar con su debilidad y consigue hacerla reír.
Esta era una de esas.
Me esforcé en ver más de cerca. Había una zalamería por parte del muchacho que a ella le costaba ignorar, y al final consiguió captar su atención después de varios comentarios graciosos, algunas gestos de mano y dos o tres frases de admiración.
Pero después de conseguir una mayor concentración una imagen se cruzó por mi mente como un flash; una habitación muy pequeña y un niño dentro, negro, me dio la impresión de que estaba carbonizado.
Regresé de golpe a la pareja y entonces vi cómo habían avanzado los intentos de él, ella dejaba que le cogiera la mano, y con la otra retuviera un mechón entre los dedos y los acariciara con las yemas. Entre miradas sensuales y sonrisas pícaras, él le contaba una historia de cuando era niño; supuse que alguna travesura. Y mi curiosidad por indagar hizo que me concentrara en aquél pasado del que hablaba.
Intenté una concentración más profunda, me masajeé la frente con la idea de hacer un hueco a una sola persona, al niño del que hablaba. Presté más atención en sus palabras y me esforcé en buscar su imagen.
Me trasporté a aquella habitación pequeña y deteriorada, con cuatro paredes gruesas y desconchadas por la de años que llevaban construidas, lo curioso era que no poseía puerta ni ventanas. Vi al niño, cuyo cuerpo no estaba carbonizado sino ennegrecido por la cantidad de tiempo que llevaba ahí y pensé “pobre”, porque no le echaba más de quince años y habían debido ser muy crueles con él para querer darle una muerte como esa.
Alcancé a ver sus ropas; una blusa con el cuello bordado y unos pantalones bombachos con tirantes que le llegaban hasta la rodilla. De zapatos llevaba unas botas que dudo se fabriquen ya.
El pelo estaba intacto, rubio, y la falta de brillo se debía a la cantidad de polvo que se había asentado en él, pero estaba seguro que si pudiese quitarle toda esa suciedad brillaría como el de cualquier niño de su edad.
Me di cuenta de que no se había descompuesto, sino secado como cuando la piel se seca y se queda como el cuero, y en ese momento no caí en ello, como si fuese normal que un cuerpo de un niño de quince años se encontrase emparedado en una habitación, momificado y probablemente muerto por la falta de oxígeno y si no por la inanición. Y solo dios sabe cuántos años podía llevar allí; ¿veinte, treinta, cincuenta…?
Entonces pude enfocar como si me estuviese acercando, y así logré ver que sus párpados solo estaban entrecerrados, que él sabía que yo estaba allí, qué no se podía mover porque no tenía la energía suficiente para girar la cabeza y mirarme directamente y por eso lo hacía de reojo. Y lo comprendí; estaba allí encerrado, no por la crueldad de alguien, sino por la protección de todos. Y de pronto pude ver cómo su mejilla se torcía en una sonrisa casi imperceptible en esa piel seca y acartonada…
Ella había aceptado, ahora quedaría libre y yo no podría hacer nada por pararlo.

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